En el habitáculo
x Bernardo Damián Dimanmenendez
En una época donde todo el mundo comenta el cierre de la trilogía que narra la asfixia existencial neo-moderna de David Lynch, con el reciente estreno de Inland Empire, hace más de 40 años Roman Polansky, inició con la realización de Repulsión, una trilogía que continuaría en “El Bebé de Rossmary” y finalmente le daría cierre con “El Inquilino”, de cómo los peores temores abismales e inimaginados que despiertan el lado más esquizoide del ser humano, suele suceder puertas adentros de los hogares que supuestamente nos dan cobijo.
Grieta Perversa
42 años atrás exactamente, cuando la modernidad transitaba sus últimos años, en el sentido de que aún eran posibles percibir historias concretas de todo tipo (artísticas, románticas, políticas, económicas, deportivas, etc), con tiempo y lugar definidos, para poder describir claramente su origen, desarrollo y final, Roman Polansky, influenciado por el auge que se daba por ese entonces de la psicología Lacaniana, y desarrollando de manera personal en el film, conceptos de este, como “El Estadio del Espejo” y el de “Bordeline”, “Repulsión” resulta ser un film de terror que no parece seguir las bases de dicho género, buscando en el drama producto del deterioro psicológico de su principal personaje Carol, (cuya interpretación a cargo de Catherine Deneuve, depositaría a esta en el estrellato de los actores), un rigor narrativo que lentamente va situando al espectador junto con su principal protagonista en un abismal caos sin retorno.
Desde el inicio y con la primera toma se intenta denotar que, el espejo de lo que ocurre dentro de la mente de Carol, son sus ojos. A través de un correcto uso del plano detalle, de esa parte del rostro, Polansky tiende invisiblemente en un lugar de supuesta corrección actitudinal, como lo es un salón de belleza, una especie de perfil esquizoide del personaje.
Así, los primeros indicios de neurosis, se van a ir observando, en el rechazo sugestivo, hacia el amante de su hermana. Detesta elementos que invaden su privacidad, como lo es el cepillo de dientes que encuentra en el baño, y una vez en soledad, y en aparente tranquilidad, observa asombrada como el reflejo de su rostro, en una pava, le da una imagen grotesca y deforme de este, como si en realidad, fuera su verdadera cara.
Partiendo de finos detalles como la grieta que se observa en el piso, cuando se encuentra sentada en un banco público, Carol, se va transformando en una especie de Norman Bates femenina.
Con respecto a esto, se puede notar, la traspolación personal que hace Polansky del concepto lacananiano denominando “Estadio del Espejo”. Básicamente esta noción psicológica puede ser entendida, en relación, a que el “yo”, se constituye en torno a un reconocimiento en torno a la imagen del otro o de su propia imagen en el espejo. Cuando el individuo no puede reconocer claramente su imagen, se produce un resquebrajamiento de su integridad psíquica, entonces, al no haber un patrón claro de identificación de su imagen, la irrupción de la neurosis, es algo corriente.
Si prestamos atención a la película, Carol su principal personaje, busca constantemente ver el reflejo de su rostro, ya sea a través de espejos u otros elementos, (excelente uso de los planos subjetivos por parte del director) y las alucinaciones que conllevan violaciones o atracos a su propio cuerpo, parten siempre desde un armario espejado, como que en las grietas y dudas de su mente, el miedo mas primal puede hacerse real (en este caso la violación). La constitución de su ser podría ser definida como ortopédica, sin posibilidad de lograr una realización concreta en el plano social de su persona.
Así, encerrada e incomunicada, y sin posibilidad alguna de encontrar un lenguaje corporal, que la deposite nuevamente en la realidad al estar su hermana de vacaciones, la paranoia de Carol cobra cada vez mayor intensidad, la cuál es mostrada metafóricamente a través de las grietas que van apareciendo en las paredes de su departamento, y la dejadez que se encuentra en el mismo, (el conejo, se sigue pudriendo lentamente).
Así el infierno dantesco se hace presente, en un ámbito doméstico y corriente, como lo es un departamento, cuando consumadas las muertes, Carol, ve como una multitud de manos que salen por las paredes quieren tomarla y aprovecharse de ella. La metáfora, que elige Polansky para esta anteúltima parte de un film (en todos los desplazamientos de Carol dentro del departamento, es de destacar, el hábil uso de la cámara en mano), no puede ser más correcta. Las manos, como sinónimo del intento de apropiación de su cuerpo, son el miedo más repulsivo, con el que el personaje podía encontrarse y que siempre rondo en su mente esquizoide, y que más allá, de cualquier previsión, (aún encontrándose en la seguridad que le otorga su vivienda, no podría evitar), o sea, el condominio como lugar de reclusión defensiva, no puede evitar ser apropiado, por el universo caótico de su mente.
En el final, y ante el asombro y perplejidad de sus vecinos, una vez que llega su hermana con el amante, y descubre su departamento convertido en un infierno atroz y desesperante, cierra de manera circular, con la mirada de Carol helada y aturdida por los acontecimientos vividos, mientras es llevada en brazos por el amante de su hermana, mientras un acertado travelling de Polansky, cierra la película (de la misma manera que comenzó), en los ojos, de una foto familiar de Carol cuando era pequeña, dando cuenta de que lamentablemente, cuando de enfermedades mentales se trata, siempre el origen o raíz, debe rastrearse desde temprano, para evitar después encontrarnos con sorpresas amargas e inesperadas, pues el aquejamiento de la misma, produce una asfixia existencial, que ningún salvavidas posterior, podrá evitar el hundimiento en tenebrosas profundidades a la persona.
El útero del complot
Más allá, de los infinitos reconocimientos y elogios que el “Bebé de Rossmary” despertaría en crítica y público con el paso de los años, (de hecho dicha película, junto con “El Exhorcista” y “La profecía”, son consideradas como la “Santísima Trinidad del cine de Terror”), el film narra como de manera entre ridícula y maquiavélica, como una joven embarazada, , es parte de un complot diabólico, transformando su embarazo, en una desolada angustia.
El film, abre con una toma panorámica de edificios clásicos situados en Nueva York, y así se pasa a una siguiente escena en la cuál se ve a un joven matrimonio norteamericano, buscando mudarse a uno de dichos edificios.
La supuesta armonía del film, empieza a romperse a partir de elementos aparentemente anecdóticos. Algo de eso se nota, cuando Rossmary (personificada por Mía Farrow), se encuentra en el lavadero, junto con una de sus vecinas, y luego de mostrarle un extraño amuleto de la suerte, se escuchan ruidos inexplicables, dando una sensación de que algo no anda del todo bien.
Hay dos escenas claves para el futuro desarrollo del filme, y ambas se realizan a través del uso de los denominados “Flashbacks”. En la primera se muestran, alucinaciones de la infancia por parte de la protagonista, y en la segunda, que es motor disparador del posterior desarrollo del film, la escena dónde Rossmary queda preñada por el diablo.
Aquí, el terror psicológico que propone Polansky, va estar situado, en una dicotomía entre oníria y cruda realidad. Por un lado el primer flashback, va a situar a Rossmary, en un lugar supuestamente apacible como lo es la infancia, sin embargo, en la escena hay una sensación de incomodidad, y en la siguiente, el aparente paraíso construido simbólicamente a través del sol, el mar azul, es roto, a partir de su representación frente a los demás, para finalmente ser lapidada del todo, al caer en las huestes de Satán.
A partir de ese momento, Polansky va construyendo la historia sin necesidad de constantes intensidades dramáticas, sino en cuotas pequeñas de sucesos, sobretodo detalles que buscan en elementos significantes que generen en el espectador, cierta extrañeza, ante el solo hecho de escuchar su mención, como lo pueden ser la leche con raíz de Tannis, y haciendo hincapié en detalles, que no adquieren una definitiva continuidad, sino por el contrario, que en restrospectiva le van a dar un sentido cabal al concepto de la película. (como ejemplo válido de esto, el espectador se da cuenta, como detalles que en un principio parecían irrelevantes, como la ceguera del actor, que le otorga el papel a su marido, o la súbita internación del amigo de Rossmary. Sin embargo, y pese a esto, en Rossmary, a diferencia del personaje interpretado por Catherine Deneuve en Repulsión, la constitución de su identidad, no es ortopédica, sino cabalmente completa. Rossmary, posee la capacidad para entablar un diálogo con cualquier tipo de persona, e incluso en medio del caótico embarazo decide realizar una fiesta con sus amigos más íntimos, de hecho, solo parece perder la cordura, en el momento en el cuál intenta ver a su particular primogénito.
El fin de todo esta odisea, increíble e inesperada, se cierra entre dosis de ironía y pleno terror, cuando la toma subjetiva del rostro de Rossmary, da cuenta de que lo que llevaba en el útero era algo más que un simple niño. Superado el asombro, Rossmary, no puede evitar caer en el lazo filial que madre e hijo, sellan indeleblemente y más allá, de que Polansky, no revele jamás el rostro del recién nacido, acrecentando el estupor y el enigma en el espectador, se dispone a mecer la cuna, como haría cualquier madre con su bebé.
La película cierra, con la misma panorámica con que comienza el film, como queriendo sintetizar de que en el lugar menos esperado, Lucifer y sus amigos, pueden aparecer sin necesidad de que el contexto sean, penumbrosos bosques o espectrales Castillos.
De hecho, en el mismo edificio dónde se realizó la película, algún tipo de karma maligno quedó, ya que el mismo año que se estrena la película (1968), el Clan Mason, masacra a la embarazada esposa de Polansky y doce años más tarde, John Lennon, sería ultimado a disparos por un neurasténico fan.
Inquilinato Kamikaze
El Inquilino cuenta, la desintegración de una persona a priori amable y de buenos modales, en una época donde los indicios de posmodernismo son más que evidentes (en el sentido de que ya no es posible rastrear claramente como años atrás, las historias de vida, de los artistas, del deporte, políticas y ecónomicas). De hecho, el personaje que interpreta el mismo Polansky (Trelkovsky), es un extranjero con ciudadanía francesa, que recorre un mundo dónde la irritación producto del desprecio ajeno, termina por llevar al personaje a una “autoinmolación”, como forma de recuperar algo del respeto perdido.
Los sucesos que ocurren en el departamento o en la rutina diaria de Trelkovsky, son irónicos y crudos a la vez. Esto lentamente lo hace caer en una situación de “border”, en dónde parecieran desaparecer los límites entre concreta realidad y alucinante paranoia.
Así, el Trelkovsky, intenta en su recorrida urbana, purgar una inquietante situación de angustia y soledad, concurriendo a la Iglesia, ayudando a amigos de la anterior inquilina o intentando entrar en el mundo social y afectivo de la mujer que conoció en su visita al hospital, aunque sin poder escapar de súbitos ataques de agarafobia o pánico.
Lentamente, se va dando cuenta de que no puede escapar de esto, y el abismo es inminente, cayendo en una despersonalización que va desde elementos de pertenencia consumista (como lo son la imposibilidad de fumar Galouises), hasta el robo a su propio apartamento, frente al cuál, solo recibe la indiferencia del dueño y el racismo cívico del jefe de policía.
Así, se siente víctima de un complot, que supone lo llevará al suicidio, tal como ocurrió con la ex inquilina. Despersonalizado, despreciado y solitario, se transvierte como intento de feminizar el dolor que sintió la anterior víctima, y lentamente al igual que paso con Carol en Repulsión, su mente parece agujerearse, (metáfora que es puesta en juego de manera excelente por el director, a través de los agujeros que Trelkosvky va observando en su departamento).
Así, Polansky utiliza una manera de acrecentar el humor negro que baña varias partes del film. En el primer intento, Trelkovsky queda maltrecho, pero no muere, sino que ante el estupor de los vecinos, decide insultarlos y de manera casi bufonesca, mientras la sangre baña completamente su rostro, decide realizar un segundo intento de suicidio, y una vez que se encuentra nuevamente frente a la ventana, salta al vacío sin escuchar ningún tipo de ruego. .
La última escena deja una incógnita en el espectador y juega a la vez con la mente de este, cuando desde un plano subjetivo de la supuesta persona enteramente vendada, se ve a nuevamente a Trelkovsky junto con la amiga de la ex inquilina: ¿Acaso fue todo un sueño o la necesidad de jugar con el morbo que una persona puede empezar a explorar a partir de ver a un cuerpo deteriorado en un hospital?.
En los tres filmes se nota claramente una traspolación de conceptos Kafkianos que dicho autor aplico a sus novelas, pero con la diferencia de que el enemigo es aún más invisible que el que se denota en novelas como “El Proceso”, ya que el verdadero motor de la crisis, se encuentra en la mente de los personajes.
Casi como una documentación de lo que 40 años después aparece como una enfermedad que parece convertirse en pandémica, como lo es el denominado “Ataque de Pánico”, producto de la perdida de sociabilidad que antes entrañaba el vecindario o mismo barrio, y que hoy castigados, por la desmedida violencia, las drogas e inseguridad, hacen recluir a sus habitantes puertas adentros, y ni siquiera así estos, tener la seguridad de que la paz va atravesar sus mentes y cuerpos, porque puertas adentros, como todos sabemos, cada casa es un mundo propio, y todo tipo de cosas inesperadas pueden llegar a suceder.